Los coches de sitio existían desde mediados de siglo en Puebla, aunque no eran muchos ni estaban en las mejores condiciones. Era común también ver circular las carretas y los carruajes por el centro de la Angelópolis, y el uso de las diligencias, carruajes y guayines para largas distancias se hacía aun cuando el Ferrocarril Mexicano daba servicio desde 1869; además, estaban por concluirse los ferrocarriles Izúcar de Matamoros y San Martín Texmelucan, de vía angosta y tracción animal.
En 1879, Leonardo Fortuño solicitó al Ayuntamiento de la ciudad de Puebla y a la Secretaría de Fomento la concesión para establecer un ferrocarril urbano. La aceptación se emitió el 16 de septiembre del mismo año y Fortuño y Compañía procedieron a realizar los primeros trabajos. En un lapso de año y medio –el 5 de mayo de 1881– lograron inaugurar el servicio del Ferrocarril Urbano. 
 
El trayecto inicial fue del Señor de los Trabajos (frente a la Estación del Mexicano) a la Aduana (hoy 2 oriente 400); la línea se llamaría Estaciones.3 El 24 de octubre del mismo año se estrenaba otra línea, entre la plaza principal (hoy Zócalo) y el Cementerio de Agua Azul. Así pues, 46 vagones iniciaron su servicio con los circuitos “Estaciones” y “San Francisco Estaciones”.
 
 
Más allá de la crónica de la inauguración y del festejo, la presencia de gente connotada y de las autoridades, en este, dejaron entrever los significados que el Urbano tendría para los diferentes sectores de la población: el ingreso a la modernidad con un transporte cuyo objetivo era ser más eficaz al ahorrar tiempo y acortar distancia; la incursión de nuevos tipos de empresas, y la aparición de un transporte moderno que le seguía a la capital del país. 
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