Aunque todo parecía marchar de acuerdo a lo planeado y la revolución en el país debía estallar el 20 de noviembre de 1910. En Puebla, la situación tomó un camino diferente. Para mala fortuna de Aquiles Serdán y sus seguidores, el 16 de noviembre, la revolución en Puebla sufrió su primer revés. Muy temprano llegó uno de tantos colaboradores de Aquiles para informarle que el jefe de policía, Miguel Cabrera comenzaba una serie de cateos para tratar de encontrar las armas de los futuros rebeldes.

Aquiles conocía bien al siniestro personaje. Era la mano derecha del gobernador Martínez y reconocido como un matón profesional. Cabrera había perseguido varias veces a Serdán y lo tenía bajo estricta vigilancia. En repetidas ocasiones cateó la casa de Santa Clara buscando un pretexto para encarcelarlo definitivamente. Si Aquiles era el símbolo del antirreelecionismo en Puebla, Cabrera era su némesis, la imagen viva de la dictadura.

El 17 de noviembre, la familia Serdán recibió una nueva comunicación que puso los nervios de punta a todos sus integrantes: Cabrera preparaba otro cateo, pero esta vez en la casa de Aquiles Serdán en la casa de Santa Clara no. 4. Ya no había dudas, alguien había “soltado la sopa”, voluntaria o involuntariamente. Por la mañana, Cabrera había telegrafiado al gobernador Mucio Martínez para informarle que de acuerdo con unos documentos que llegaron a su poder, un movimiento armado debía estallar el 20 de noviembre en todo el país.

Eran las primeras horas del 18 de noviembre y los maderistas encabezados por Serdán esperaban la presencia de Miguel Cabrera en cualquier momento. En la planta alta de la casa se preparaban bombas caseras. Cada hombre alistaba sus armas, engrasaban las pistolas, limpiaban las carabinas. A las 7:30, unos golpes en el portón acabaron con la tensa calma y larga espera. Aquiles ordenó al portero de la casa, de nombre Manuel, que abriera la puerta a los policías. Miguel Cabrera ingresó al zaguán empuñando su pistola. Se hacía acompañar por algunos soldados. Cuando volvió la vista hacia Aquiles Serdán, que llevaba en mano una carabina, no pudo ocultar su sorpresa.

Busto Aquiles Serdán

Un tiro salió de la pistola de Cabrera pero no acertó en el blanco. Aquiles apretó el gatillo y la bala se impactó en el pecho del Jefe de Policía cayendo muerto en el acto. Mientras varios policías salían corriendo dos intentaron aprehender a Serdán, uno fue muerto casi inmediatamente por los disparos de maderistas que habían observado todo. El otro, el mayor Fregoso, segundo de Cabrera, se vio amenazado por el arma que cargaba con valentía Carmen. El oficial pidió que no le disparara. “Pues déme su pistola”, le respondió la hermana mayor de los Serdán sin dejar de apuntar.

El cuerpo sin vida de Cabrera yacía en el patio de la casa. Varios hombres se acercaron y comenzaron a golpearlo, a patearlo y a injuriarlo por todos los actos perpetrados durante su vida. Carmen intervino, alejando a los que intentaban hacer jirones el cadáver del policía. Entre varios tomaron el cuerpo unánime de Cabrera y lo arrojaron a la calle. Los rebeldes sabían que en cuestión de minutos estarían rodeados por las fuerzas federales y el cuerpo de rurales. Había comenzado la revolución mexicana en Puebla, dos días antes de lo previsto.

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