De España llegó una Virgen de la Soledad, cabeza y manos, encargada por

Diego de Santillán, conde de Casalegre, a instancias de su criado en Puebla, un mulato llamado Manuel de los Dolores.

Según nos cuenta Mariano Fernández Echeverría y Veytia en su Historia de la fundación de la Ciudad de Puebla de los Ángeles en la Nueva España, después de haber intentado en vano el conde que la hicieran distintos escultores madrileños, consiguió que la ejecutara un escultor sevillano, miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo.

Una vez terminada, se trasladó a Cádiz y, mientras se esperaba a la flota, la hija del escultor, religiosa recoleta, obtuvo permiso del conde para conservarla en el convento.

Cuando llegó el momento, la monja se negó a entregarla y, al poco tiempo, cayó gravemente enferma.  Ante tal situación prometió devolverla y al instante sanó. De esta manera arribó a México ya con fama de milagrosa.

Antes de colocarla en su capilla en Puebla el 12 de febrero de 1708, un prebendado de la catedral mandó completarla, haciéndola de cuerpo entero.

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